Desde muy pequeña estuve ligada al arte, en la casa de mis abuelos maternos había un piano de mi madre y fue allí donde intenté mis primeras melodías. Si bien estudié  música en mi infancia, al  crecer en una escuela con orientación artística, tuve profesoras de plástica quienes, con sus clases sobre pintores y movimientos artísticos, despertaron en mi un interés especial sobre la pintura. Fue así como empecé a participar de concursos intercolegiales de artes plásticas, que significaban un gran desafío para mi corta edad.

Cuando recuerdo cómo comencé a pintar en el taller de Bellas Artes del Instituto Santa Ana del barrio de Belgrano, me parece increíble que esa inquietud por aprender se haya convertido en mi profesión. Al principio sólo quería copiar imágenes y fotos que me resultaban inquietantes, y así ir superando barreras técnicas que se me presentaban. Luego empecé a sentir la necesidad plasmar mi mundo interior,  de darle forma y color a los trazos, siempre a partir de alguna vivencia personal.

Fue así como mi trabajo como artista fue evolucionando, y comencé a preguntarme qué quiero transmitir, ya que lo que pinto no es una simple manifestación de algo bello, sino que quiero que se entienda como una construcción de ideas que nos llevan hacia otro lado.

No importa tanto si pinté durante muchos años con óleo, para luego volcarme al acrílico, sino que lo que verdaderamente me interesa es que al mirar mis obras, los espectadores puedan captar el mensaje o simplemente bucear en un mundo distinto al de ellos. Lo más importante para mi es la libertad del artista y del espectador de crear y de interpretar lo creado por otro.

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